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domingo, 10 de febrero de 2013

AICUL Y EL REINO DE LA LUZ. CAPITULO 1.


AICUL Y EL REINO DE LA LUZ

Capítulo 1
Toda historia tiene un comienzo

A veces miro embelesada cómo la luz de la luna baña con un extraño resplandor lo que tras la noche se esconde. Es tan mágico, tan especial: las estrellas tintinean como al son de una vieja melodía y esa sensación de somnolencia endulza mi ser. Todo se vuelve más lento, la respiración, el palpitar del corazón. Todo se aprecia mejor, los pensamientos, los recuerdos fluyen como emanaciones de un fresco manantial subterráneo, se agudizan los sentidos…
Desde que tengo uso de razón me he sentido diferente, especial. La rareza que los demás ven en mí, es el potencial de algo inexplicable. Desde que alcanzo a recordar he sentido una fuerza en mi interior, un instinto, una forma muy particular de ver el mundo. O mejor dicho, la llave para apreciar en primera persona el espectáculo de la realidad más absoluta, ver donde todo parece inerte, oír donde solo hay silencio, ser parte de un todo y fundirme con la nada.
Me llamo Lucía y esta es mi historia.
Nací una fría y lluviosa mañana de invierno, o al menos eso me contaron. No me dieron muchas más explicaciones sobre ese día, tan solo que nací tras 29 largas horas de parto, que mi madre no resistió la dura batalla y tuvo que marcharse antes de tiempo. Poco o más bien nada me hablaron sobre ella. Únicamente que se llamaba María, que tenía los ojos azules, que era muy querida por todos y que se fue a la temprana edad de 25 años.
Ni siquiera tenía una imagen de ella. Mi tata decía que una noche, roto por el dolor, mi padre quemó todo lo que encontró de mi madre. No quería ver nada que pudiese recordarle que ya no estaba. Quemó sus fotografías, sus vestidos, sus dibujos y escritos, por eso nada parecía evidenciar que habría existido alguna vez. Durante mucho tiempo creí que, de haber podido aquella noche, yo también hubiese ido a la hoguera, pues yo era una parte importante de ella y el principal motivo por el que ya no estaba. Desde muy pequeña estaba convencida de que mi madre no estaba por mi culpa y por eso mi padre no me quería. Es duro decirlo, pero aún más es sentirlo, para mí ese hombre era un extraño. Nunca existió el más remoto sentimiento de cariño ni por su parte ni por la mía. No sabía quién era, no sabía lo que pensaba o lo que sentía, nunca había recibido un beso o un abrazo suyo, jamás le vi sonreír. La única información que había llegado a mí es que era un importante empresario que cada día salía muy temprano de casa para ir al trabajo volviendo ya anochecido. Después de todo un día de ausencia se encerraba en su despacho unas dos horas, más o menos, iba al comedor a cenar solo y después se marchaba a dormir para nuevamente empezar al día siguiente, excepto los fines de semana que se marchaba, a dios sabe dónde, saliendo el sábado por la mañana y llegando el domingo por la noche.
A pesar de lo deprimente que parece todo, había cosas que de vez en cuando me hacían sonreír. Como por ejemplo mi tata Antonia. Ella se había encargado de mí desde el mismo día en que nací. Para mi padre ella era tan solo una empleada más. Para mí ha sido, es y será siempre mi madre, mi padre, mi familia y lo mejor de todo, mi amiga.
Su amor incondicional me compensaba y me hacía feliz, pero siempre sospeché que incluso ella me ocultaba algo. Era más que nada una intuición, supongo que para protegerme. No acababa de creerme que no supiese nada de mi madre. Según ella, entró a trabajar para mi padre al día siguiente del fatídico día de mi nacimiento. Tantas preguntas rondaban mi mente, tantas preguntas sin contestar. Por más que lo intentaba, cada vez que sacaba el tema de mi madre, mi padre o lo que escondía tras esa fría fachada, ella me daba largas. Entonces me cuestionaba de qué quería protegerme, ¿de qué? Para mí hubiese sido mejor tener las cosas claras desde un principio, a veces la ignorancia no da la felicidad.
Había algo oculto en mí que no entendía, algo más que no alcanzaba a comprender y que nada ni nadie me ayudaba a aclarar. Era mi gran secreto, ni siquiera a mi tata se lo había dicho. De hecho, cada vez que me armaba de valor y estaba totalmente decidida a desvelarlo todo, me era imposible, siempre ocurría cualquier cosa que cortaba la conversación, no había manera.
La primera vez que supe que algo fuera de lo normal ocurría fue a los cinco años. Jamás podré olvidar lo que pasó aquella noche. La imagen de ese recuerdo se quedó grabada en mi mente a fuego. Estaba en mi habitación, durmiendo plácida-mente en mi cama de estilo victoriano, cuando de repente el enorme reloj del salón, un viejo reloj que databa del siglo XVIII, que por lo visto había pasado de generación en generación en la familia de mi padre, comenzó a dar las once de la noche con un sonido profundo, estridente, un sonido que llegaba hasta el último rincón de aquel enorme y viejo caserón que iba a juego perfectamente con la cama y todo el mobiliario de la casa. Aquel sonido me despertó de un profundo sueño. Abrí los ojos sobre-saltada, me incorporé. La habitación estaba parcialmente iluminada por la luz de la luna. Desde el enorme ventanal, que daba al jardín de la parte posterior de la casa, la luna se veía en todo su esplendor. Mi habitación era como el rincón favorito de un coleccionista de antigüedades, no había ni un solo juguete a la vista, nada hacía indicar o aparentar que yo existiese. En toda la casa no había absoluta-mente nada que dijese que una niña viviera allí. No tenía juguetes, pero mi tata Antonia siempre me hacía el mejor de los regalos, su compañía y día a día vivir maravillosas y fantásticas aventuras gracias a mi imaginación y al increíble mundo de los cuentos que ella tan bien sabía hacerme llegar.
Al principio nada parecía diferente, tan solo el ruido del reloj me había despertado. Volví a cerrar los ojos y a tumbarme en la cama, tenía mucho sueño. El reloj seguía sonando de fondo. Justo antes de que finalizase la última de las once campanadas sentí de nuevo la necesidad de abrir los ojos. Un ruido, un movimiento cerca de mí. No estaba sola. Me incorporé apresuradamente, asustada, con la respiración entrecortada. Miré de un lado a otro, no veía nada, pero la sensación de que en la habitación, conmigo, había alguien, no desaparecía. Fuese lo que fuese, me observaba. No conseguí verle en ningún momento, pero ahí estaba. Esa
noche no pude volver a dormirme. Bajo las sábanas permanecía inmóvil, agarrotada, muerta de miedo. Allí había alguien, lo sé, lo sentí respirar, se movía a mi alrededor.


Al principio fue tan traumático, no comprendía lo que me estaba pasando. Aquella fue la primera de muchas noches sin dormir, pero poco a poco fui perdiendo el miedo por aquel nuevo mundo que se abría ante mis sentidos, lo fui dominando y lo que por un lado me hacía más fuerte por otro me debilitaba. En mi vida diaria yo crecí siendo una niña introvertida, tímida, poco sociable, me sentía fuera de lugar, como pez fuera del agua. Hasta tal punto llegaron las cosas que un día mi profesor de lenguaje en quinto curso, Don Jesús Acrol, decidió llamar a mi padre para informarle que veía oportuno realizarme una serie de pruebas para comprobar cuál era mi coeficiente intelectual y hacerme un estudio psicológico, puesto que apenas hablaba, me expresaba con dificultad, no me relacionaba con casi nadie y suspendía absolutamente todos los exámenes. Llegaron a pensar que tenía algún tipo de discapacidad o retraso. Mi padre accedió a que me sometieran a todas aquellas pruebas, lo cual no me sorprendió pues él no me conocía en absoluto y no sabía hasta qué punto aquello me dañaba. A mí no me pasaba nada. Simplemente aquel no era mi sitio. Yo entendía perfectamente todo. Si hubiera querido habría sacado sobresalientes, supongo que debería haberlo hecho, así habría pasado más desapercibida. La realidad era que allí no podía desarrollar todo mi potencial. Sentía que perdía el tiempo, mis habilidades no tenían que ver con la aritmética, la literatura o las ciencias, mis habilidades eran muy diferentes. Resumiendo, me aburría soberanamente. Yo era pura energía, podía controlar lo que se movía en las sombras, aquello que ni siquiera la gente se atreve a imaginar por temor a ver más allá de sus propias narices, porque aterra pensar que hay algo más fuera de nuestra monótona realidad. La seguridad de lo cotidiano impide ver la auténtica verdad: que no alcanzamos a ver ni la mitad de lo que existe.
Muy pronto me di cuenta que contaba con una valiosa habilidad, una de las tantas con las que contaría a lo largo de mi vida. Poseía el poder de controlar con mi mente la voluntad de aquellos que me rodeaban. Con solo pensarlo podía modificar el comportamiento de algunas personas. Y digo de algunas personas, porque inexplicablemente para mí había con quien no podía, por mucho que lo intentase. Entre ellos estaba mi padre. Pero que conste que era buena y solo lo hacía en contadas ocasiones y únicamente con los que se portaban muy mal conmigo o simplemente eran malas personas. Como decía el tío de Peter Parker, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, y aunque era joven tenía moral y buen juicio.
Recuerdo una ocasión, en sexto curso, que tuve que darle un escarmiento a una chica que nos tenía a mí y a la mayoría de la clase bastante hartitos, como se suele decir “nos traía por la calle de la amargura”. Durante todos los penosos años que tuvimos el “placer” de conocerla padecimos innumerables faltas de respeto y desplantes varios. Era la típica chulita que se adoraba a sí misma y miraba a los demás por encima del hombro. Se llamaba Roberta. “Rubí”, para los amigos. Tenía la fea costumbre, entre otras, que no me voy a parar a mencionar, de preparar unos desagradables regalitos de cumpleaños a los que no eran amigos suyos. Daba igual que no fueses a clase el día de tu cumpleaños por miedo a lo que te esperaba. La muchacha tenía la santa paciencia de esperar hasta que la víctima volviese al colegio para ofrecerle con todo su amor un elaborado presente o incluso elegir el día que a ella mejor le convenía. Cuando se aproximaba el cumpleaños de alguno de la clase todos temblábamos. Nunca sabíamos cuándo iba a actuar, tan solo los elegidos padecían su cruel pasatiempo. Era imaginativa, creativa y endiabladamente detallista. Aquel pasatiempo le hacía tan feliz que no se ocupaba de otra cosa con tanto afán, además se jactaba de engañarnos año tras año. Y por si eso fuera poco contaba con la suerte de su lado, pues ningún adulto se percató nunca de donde procedían aquellas pesadas bromas. Nadie tuvo jamás el valor de delatarla, estábamos demasiado atemorizados ante posibles represalias. Para hacerse una idea de la maquiavélica mente que poseía voy a enumerar sus tres mayores obras de arte repartidas entre sus compañeros, incluida yo misma:
Preparó una tarta de chocolate y en su interior puso una capa de caca de perro. La puso encima de la mesa del maestro antes de empezar la clase sin que nadie la viese. La tarta tenía una pinta muy apetitosa y además venía con una tarjeta que decía: “Feliz cumpleaños Luisa, de parte de mamá y papá. Disfruta de la tarta
con tus compañeros de clase”. La pobre Luisa se emocionó por la sorpresa, nadie pensó que aquello era una trampa. Sin dar más rodeos, acabamos todos en urgencias y la mayoría vomitando. Fue un milagro que no pilláramos una rara enfermedad. Por supuesto “Rubí” y sus amigas tuvieron que hacer el teatro de fingir que la habían probado y que se encontraban fatal para no ser descubiertas.
En mi colegio después de gimnasia teníamos que darnos una ducha antes de seguir con el resto de las clases. Era una cuestión de higiene y bienestar nasal. El día que Carlos cumplió 10 años, el pobre tuvo que pasar, gracias a Rubí, el momento más bochornoso de su vida. La inocente criatura robó toda su ropa, la sudada y la no sudada, que el conserje halló tres días después en uno de los contenedores del colegio. En su lugar, dentro de su taquilla del vestuario de los chicos, había un vestido rosa, de volantes y flores, con braguitas a juego. La cuestión era: o ponerse el vestido más ridículo del mundo o ir en pelota picada. No hace falta dar más explicaciones para saber lo que pasó aquel día, ¿verdad?
Y por fin llegó el día en el que yo fui la protagonista. En mi decimoprimer cumpleaños me tocó a mí. No sé cómo lo haría, porque no me di cuenta en ningún momento que nadie hurgarse en mi cartera, pero cuando en el recreo saqué el bocadillo para comérmelo, al abrir el papel de aluminio del susto este se me cayó al suelo. Roberta había llenado mi bocadillo de chorizo con queso de hermosos y lustrosos gusanos de seda. Cuando vi aquello no tuve más remedio que salir corriendo en dirección al baño a vomitar hasta la primera papilla. Cuando terminé de vomitar me dispuse a lavarme la cara en el lavabo. Al levantar la cabeza y con la cara aún mojada la vi a través del cristal del baño tras de mí.
—Feliz cumpleaños, Lucía, ya era hora de que te tocase a ti. Perdona por haberte tenido tan descuidada. Eres tan especial para mí como el resto de los compañeros de clase.
En silencio, mi mirada reflejada en el cristal lo decía todo.
—Alegra esa cara preciosa, es tu cumpleaños, deberías estar más contenta —dijo sonriendo. Su sonrisa rezumaba satisfacción e ironía.
No me atreví a pronunciar palabra alguna. Por aquel entonces yo era como una tímida tortuga que se escondía en su caparazón en cuanto las cosas le incomodaban mínimamente.
—¿No me vas a agradecer todo el esfuerzo que he hecho por ti? Por fin te ha tocado, seguro que estabas muy triste pensando que casi todos habían recibido ya su regalo menos tú. A ti también te quiero—. Seguíamos con ironías.
Me sequé la cara con la manga de la camisa. Me di la vuelta. Sin hablar le dije que la odiaba y que se iba a arrepentir por habernos hecho tanto daño. Sin más demora me marché dejándola sola en el baño. Tenía las ideas muy claras. Roberta recibiría su merecido.
Me fui de nuevo a la clase. Mi bocadillo de chorizo, queso y gusanos seguía en el suelo. Mis compañeros, arremolinados alrededor del asqueroso desayuno, emitían comentarios como “¡qué asco!”, “¡pobre Lucía, este año le ha tocado a ella!”, “Roberta se ha pasado…”, etcétera. En ese momento llegó Jorge. Ese día llegó tarde porque tenía que ir al médico.
—¿Qué ha pasado aquí? —dijo sorprendido por tanta algarabía.
—Roberta me ha hecho un regalo por mi cumpleaños. Míralo, está ahí en el suelo. Si apartas a la muchedumbre podrás verlo.
Jorge miró y con cara de asco me dijo:
—¿Dónde está?
—¿Quién?
—Roberta.
—Hace un rato estaba en el baño. ¿Por qué?
—Porque ya estoy harto de esa chica. Ya es hora de que alguien le dé un escarmiento —dijo muy enfadado. Mi querido Jorge siempre protegiéndome.
—Tranquilo, no te aceleres —le dije cogiéndolo del brazo—. Tengo la sensación de que pronto cambiará su suerte. Confía en mí.
—¿Vas a hacerle algo?
—Más o menos.
—Hagas lo que hagas ten cuidado de que no te pillen. Por cierto, cuenta conmigo para darle su merecido. A esta lo que le hace falta es que le den un buen susto. A ver si aprende…
—Gracias —le contesté.
—Míralos que monos, cuánto amor se respira en el ambiente —interrumpió Roberta que acababa de entrar en la clase—. Lucía, ¿todavía no te has comido el bocadillo?, ¿no sabías que es de mala educación tirar la comida? Con la gente que hay pasando hambre en el mundo y tú tirando la comida, ¡qué vergüenza!
—¡Ya vale, Roberta! —gritó Jorge dirigiéndose a ella.
Tuve que cogerle del brazo nuevamente para que no hiciese ninguna tontería.
—Por favor, Rubí—. A Roberta le molestaba que le llamasen por su verdadero nombre—. Llámame Rubí, la gente con estilo como yo, tiene que tener un nombre con encanto.
—¿No te das cuenta que llamarte Rubí es ridículo?, es incluso más feo que Roberta. Ten un poquito de dignidad—.Jorge y Roberta cada vez subían más el tono.
—Enhorabuena, tú serás mi próxima víctima. No me mires así, en el fondo eres afortunado, a nadie le he avisado con tanta antelación. La fecha y lo que haré contigo será sorpresa, lo prometo.
—Te vas a enterar—. Jorge se abalanzó contra ella. De no ser porque en ese mismo instante entró el profesor de matemáticas por la puerta le hubiera soltado una buena tunda.
—¡¿Qué pasa aquí?! —preguntó molesto el profesor—. ¡Todo el mundo a su sitio, ya! Sacad el libro y realizad los ejercicios de la página cuarenta y dos. Hoy no tengo ganas de aguantar vuestras payasadas. ¡A trabajar, vagos, que sois unos vagos! La juventud cada vez está más podrida. Qué lástima que se aboliesen los métodos de antaño, sino, otro gallo cantaría.
Nos sentamos todos. Roberta sonreía satisfecha. Una vez más se había librado de las consecuencias de sus acciones. Pero pronto cambiaría su suerte.
Estábamos todos callados, trabajando en lo que el profesor nos había mandado. En el momento que lo consideré oportuno me dije a mí misma que había llegado la hora de actuar. Miré a Roberta, me concentré en ella y en lo que quería que hiciese por mí.
—¡Aaaahhhhhhhhh! —Roberta empezó a gritar.
—¡¿Qué pasa?, ¿por qué gritas Roberta?! —le preguntó el profesor que tuvo que dejar de escribir en la pizarra del susto.
—Nada. Lo siento, no sé por qué he gritado—. Roberta estaba conmocionada.
—Vale ya de tonterías, terminad de hacer la tarea. Cuando acabéis, copiad de la pizarra los problemas que debéis traer hechos para mañana.
Cuando todo parecía estar en calma Roberta volvió a gritar.
—Te estás jugando un buen castigo, Roberta —dijo el profesor muy enfadado.
—Lo siento profesor, lo hago sin querer. No entiendo qué me pasa.
—Si se cree que se va a reír de mí lo lleva claro, señorita.
—Que no, de verdad, no me estoy riendo de usted, me estoy asustando, le estoy diciendo la verdad—. A la pobre solo le faltaba llorar, en el fondo me daba lástima. Estaba probando un poquito de su propia medicina.
—Como lo vuelva a hacer va directa al despacho del director. No pienso darle más avisos.
—No lo haré más señor.
—Eso espero—. El profesor se volvió para seguir escribiendo en la pizarra.
No pasaron ni cinco minutos cuando Roberta volvió a gritar. Todos mis compañeros, incluida yo, intentábamos no reírnos descontroladamente ante aquel fenómeno paranormal.
—¡Aaaaaaaaaahhhhh! —los decibelios iban en aumento.
—Se acabó, ¡al despacho del director, inmediatamente!, ¡y no quiero volver a verte en lo que queda de día!
Roberta se levantó entre estupefacta y asustada. Confusa se dirigió hacia la puerta.
—Vuelve pronto…, te echaremos de menos —le dije sonriendo cuando pasó junto a mi mesa. Sé que está mal alegrarse por el mal ajeno, pero Roberta se lo merecía.
—¡Has sido tú, bruja, me has embrujado! —dijo mirándome y señalándome con el dedo. En el fondo no era tonta, sabía que yo había tenido algo que ver en su repentina locura incontrolable.
—¿Pero qué dices? —le pregunté simulando sorpresa e indignación.
—Profesor, ha sido ella. Me ha embrujado y me ha hecho gritar—. Intentaba salvarse con uñas y dientes.
—Roberta, de verdad que me está preocupando. Estoy empezando a pensar que no está bien de la cabeza…, venga conmigo, vamos a llamar a sus padres—. El profesor la cogió del brazo para sacarla de la clase.
—¡No!, le estoy diciendo que Lucía me ha hecho algo—. Roberta estaba muy nerviosa, le temblaba la voz. Nunca se había sentido tan vulnerable. Por primera vez en su vida se sintió como aquellos a los que hizo sufrir. Le di un escarmiento aquel día, pero en el fondo no sirvió para nada, en realidad siguió siendo una mala persona el resto de su vida.
—Pero, ¿que tonterías está diciendo? Lucía está a más de dos metros de usted y ni siquiera la he visto moverse. ¡Venga vamos, no se resista, será peor!
El profesor, que seguía teniéndola cogida del brazo, prácticamente la arrastró para poder sacarla de la clase. Roberta se negaba a salir, todo su afán era gritar que era inocente y que la bruja de Lucía le había hechizado.
—Y ahora la guinda final —dije en voz baja para mí misma.
Cuando el profesor estaba a punto de conseguir sacarla de la clase, Roberta se enfrentó a él y dijo lo que nunca hubiera dicho de no haber estado controlada por mí.
—¡Suélteme, viejo monigote, no sabe quién soy yo! Soy más inteligente que usted hasta durmiendo. Usted jamás sería capaz de idear las bromas más imaginativas y malvadas del mundo. ¡Soy una artista…, soy una artista!
El profesor, rojo de ira por lo que acababa de escuchar, se la llevó de la clase en dirección al despacho del director.
Nada más salir todo el mundo aplaudió y rió satisfecho.
Aquello sería la comidilla de todo el colegio durante años.
Me sentí bien por ver a mis compañeros tan contentos, aunque en el fondo no pude evitar ser invadida por un sentimiento de culpabilidad. No me gustaba hacer mal a nadie, aunque se lo mereciese.
—¿Qué acaba de pasar? —me preguntó Jorge volviéndose
del pupitre que estaba delante del mío.
—Lo que acabas de ver —le contesté desviando la mirada.
—¿Cómo sabías que iba a pasar algo?
—No lo sabía, lo he dicho por decir—. No sabía mentir, la voz me temblaba.
No se quedó conforme, algo sospechaba. Creo que siempre se quedó con la mosca detrás de la oreja. La pregunta siempre se mantuvo en el aire. No volvió a cuestionarme nada, al menos en aquel momento.
Roberta fue expulsada una semana por lo ocurrido y posteriormente sus padres tomaron la decisión de meterla en un internado. En pocas palabras, nos libramos de ella.

6 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. La historia me recuerda a los libros que me abrieron el camino hacia el mundo de la lectura,genial!!!

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    1. Muchas gracias guapísima. Espero que tu amor por la lectura dure toda la vida.
      Si llegas a leer la novela no dudes es darme tu opinión más sincera, por cierto, si te interesa, presta atención al blog porque dentro de poco anunciaré la presentación de la segunda parte de la trilogía y me gustaría que asistieses al evento.
      Mil besos.

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  3. ¿No hay resúmenes por capítulos? Es que tengo un examen y tengo que llevar un resumen de cada capítulo. Un saludo.

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